Artes de España Literatura
La casa de la Sabiduría : una reflexión de Soraya Redondo Mezmizi que obtuvo en el 2006 la máxima distinción en poesía del " XXII Premis Literaris (XXII premios literarios)"Joan Fuster .
Esta joven poetisa, nos entrega en esta ocasión una reflexión filosófica de la imperativa necesidad de mantener uno de los pilares más importantes para el bienestar del ser humano " el espíritus universitario", uno de los órganos imprescindible en toda sociedad ya sea pasada o futura , según Soraya las universidades deben ofrecer un perpetuo cambio y amoldamiento a las necesidades de nuestra sociedad a los universitarios .
La Casa de la Sabiduría
El reputado filósofo José Ortega y Gasset se hacía la siguiente pregunta: “¿Para qué existe, está ahí y tiene que estar la Universidad?”
Si utilizamos un diccionario para conocer el significado de la palabra, veremos que la universidad en sí es una institución formada por un conjunto de centros donde se imparten estudios superiores. Empero, mientras Gasset se planteaba aquella cuestión, se puede decir que todo arte es creación. Que todo invento o descubrimiento supone avance, y que éste compone el futuro y establece méritos; sin olvidarnos que los méritos van ligados al esfuerzo. Y sin descuidar que todo esto, lo engloba la Universidad.
El futuro de un país está en manos de aquellos que pueden aportar avance, evolución y progreso a la sociedad. Y aquellos que pueden, son los que logran desarrollar plenamente sus facultades y aptitudes. No es nada difícil comprobar la cantidad de inventores, científicos, médicos, escritores o artistas que se formaron con estudios universitarios. Por poner ejemplos, se podría citar nombres masculinos como los de Guglielmo Marconi, Isaac Newton, Gregorio Marañón, Oscar Wilde o Rembrandt. Y digo nombres masculinos, porque bien es cierto que en un principio no se les permitía a las mujeres ingresar en la universidad. Sin embargo, se puede añadir que la universidad siempre fue pionera de la modernidad y la evolución social y moral; es por ello que de ella empezaron a salir nombres de mujeres ilustres, sean buenos ejemplos, la científica Marie Curie, la política Rosa Luxemburg o la ínclita novelista y filósofa Simone de Beauvoir.
Entre tantas celebridades, se me viene a la cabeza una más. Porque, ¿quién no ha oído hablar alguna vez de ese personaje de singular bigote, mascando (casi) siempre un puro, con ojos saltones, llamado Groucho Marx? ¿Quién no le ha reído sus citas, películas o anécdotas? Precisamente, en una de las veces en que me dispuse a leer, como en varias otras ocasiones, citas célebres, me topé con alguna de Groucho. Me hizo tanta gracia que decidí atenerme exclusivamente a encontrar más frases suyas. De ellas hallé una, de la cual no me resultó complicado obtener una contestación para rebatir esa cita, la cual dice así: “Comprenderse con los demás es de una importancia tan vital que no entiendo por qué la Universidad no dedica verdaderos cursos a este dominio”. Así, puede decirse que cuando los anteriores personajes citados entraron por vez primera en la universidad, se inició en ese momento una nueva etapa en sus vidas de crecimiento, tanto intelectual, como personal y moral, que se desarrollaría durante el tiempo que estuvieron cursando sus estudios universitarios. Un crecimiento intelectual, evidentemente, porque la universidad implica el aporte de enseñanzas superiores por encima del parvo conocimiento que se posee en un principio. El crecer moralmente y como persona llega tras haberse ido erigiendo valores que difícilmente podrán relegar el espíritu del universitario, de los cuales podemos nombrar el compañerismo, la amistad (en varios casos incluso el amor); y, además, la tolerancia que se produce por la entremezcla de culturas que siempre ha coexistido en las universidades. E, indudablemente, esto conlleva al entendimiento, a comprenderse con los demás.
Luego se logra el mérito y el prestigio. Pero después del esfuerzo. Y después de haberse espabilado. Porque no es ninguna ficción aquello de los codos que se quedan varias horas encima del escritorio, aquel ardor que se puede llegar a sentir en la frente tras haber estado horas estudiando, creyendo que el cerebro a duras penas consigue absorber un poco de aquello que se intenta memorizar, envuelto entre pilas de papeles y llegando a la conclusión de que alguna de las paredes del cuarto en que se encuentra ese futuro catedrático, diplomado, ingeniero o licenciado llega a saber más de leyes, teoría, números o letras, sobre todo tras haber realizado monólogos auténticos. Y espabilarse, el universitario se espabila. Se organiza (o, por lo menos, debe intentarlo), se prepara, se aviva, se estimula. El esfuerzo no se regala, y el mérito es bien merecido, pese a aquellos que no lo logran, pero que lo intentaron y dejaron su huella.
Y se genera el prestigio. No sólo por esos diplomados o licenciados que salen bien formados, sino de la propia universidad. Porque prepararse allí no sólo es almacenar teoría, sino que la práctica también forma parte del mundo escolástico, que transforma a la universidad en un centro de investigación donde se va tejiendo poco a poco los avances de la medicina y la ciencia; en un laboratorio repleto de principiantes ansiosos por convertirse en el nuevo Fleming; o en un lugar de gustosa tertulia. E incluso se convierte en destinataria de reflexiones de personajes de interés y consideración. Los hermanos John y Robert Kennedy, por ejemplo, realizaron numerosos discursos a distintas universidades. Entre tantos, pude extraer dos frases a las que quiero darles más relevancia ahora. La primera de ellas forma parte del discurso que John dirigió a la Universidad de Washington en el año 1963: “Nuestros problemas han sido creados por el hombre y podemos resolverlos. Nuestras posibilidades no conocen límites. Ningún problema humano está por encima de nuestras capacidades.” Precisamente la universidad se destina a ella misma a intentar buscar y dar con soluciones, sobre todo porque confía en la capacidad por encima de las dificultades. Pero siempre tropezamos con la otra cara de la moneda. El otro discurso, realizado por el otro hermano Kennedy, Robert, del cual escogí la segunda frase, lo dirigió a la Universidad de Pensilvania un año más tarde, que dice así: “Siempre existe una quinta parte de la gente que está en contra”. Esta es una declaración irremediablemente cierta; porque, aunque la universidad prepara profesionalmente a los universitarios y estos consiguen desenvolver su madurez, mucha gente ve a la universidad como una industria que crea títeres del mercado social y político cada vez de menos calidad. Y sobre todo, la crítica encuentra su mayor intensidad en, probablemente, la crisis de la universidad, en una excesiva especialización. Puede que a causa de esto, seamos esclavos de la elección, de una elección muy estructurada y precisa, pero la universidad no hace más que adaptarse a los cambios y a la modernidad.
Esa es la Universidad, como la llamaron antaño los persas, la casa de la sabiduría. Esfuerzo por no debilitarse ante la decrepitud cultural de la sociedad; esfuerzo por hacerla prosperar. Para eso existe, por eso está ahí; y por eso tiene que estar.
Tendremos nuestros lectores al día de lo resultados obtenido por Soraya Redondo en el " Quart premi de la redacció <<Universitat Jaume I * >> que organiza la universidad Jaime I de Castellón de la Plana.
* Cuarto premio de redacciones ,mas información en Canal Web futuros estudiantes universitarios. http://www.uji.es/infopre
La Casa de la Sabiduría de Soraya Redondo